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domingo, 14 de agosto de 2011

Teresa Claramunt: el procés de Montjuïch

Relat de Teresa Claramunt del procés de Montjuïch, esdevingut com a conseqüència de l'atemptat perpetrat per la policia amb la intenció de criminalitzar el moviment anarquista. Foren arbitràriament detingudes més de 400 persones (entre elles: Joan Montseny, Anselmo Lorenzo, Fernando Tarrida del Mármol, Sebastià Sunyé, Joan Baptista Esteve, Josep Llunas i Pujals, Pere Coromines...), 5 de les quales varen ser condemnades a mort i afusellades: Joan Alsina, Tomàs Ascheri, Lluís Mas (que es tornà boig del disgust), Josep Molas i Antoni Nogués. Les declaracions del acusats s'obtenien sota tortures de tota mena, dirigides pel tinent de la Guardia Civil Narciso Portas.

EN LA CÁRCEL


He padecido tanto, no se si podré coordinar mis recuerdos; pero mi buen deseo seguramente me permitirá llenar este penoso cometido, procurando que mi relación sea exacta y lo más concisa posible.

El día 14 de Junio de 1896 tuve que abandonar la humilde casa en que vivía con mi compañero Antonio Gurri. La guardia civil nos detuvo en Camprodón y practicó en mis muebles un minucioso registro, que más bien parecía un saqueo. Este acto produjo en nuestro ánimo una impresión penosa y no pude contener mis lágrimas al ver que se nos trataba como si fuésemos unos facinerosos, de los que no se podía esperar nada bueno.

Cuatro días después de mi detención y cuando se hubieron cansado de marearme con preguntas irritantes, llevándome del juzgado al gobierno civil y de ceca en meca, me vi separada de mi compañero é ingresé en la cárcel. En ésta me hallé con unas infelices mujeres detenidas como yo a consecuencia del crimen de la calle de Cambios Nuevos.

Los hierros candentes aplicados á los muslos del infortunado Nogues no le causaron quizá un dolor tan horrible como el que padecieron aquellas desgraciadas mujeres, que en su mayoría eran madres.

-¡Mis hijas en la calle sin pan ni albergue ! exclamaba una de ellas, presa de mayor desesperación. Se perderán, se perderán y no volveré a verlas ! repetía llorando con desconsuelo.

- ¡Las mías también! Gritaba otra, derramando abundantes lágrimas. ¡Las llevarán al Hospicio y las matarán porque no saben rezar! ¡ Pobres hijitas, pobres pedazos de mí corazón!... Y sin poderlas ver... y seguía sollozando.

Todo esto lo presenció sor Juana, superiora de las hermanas de la cárcel; pero no se inmutó siquiera demostrando la perversidad de sus sentimientos, que aun se evidencia mejor con lo que vamos á transcribir.

Y fué el caso que una de aquellas mujeres se dirigió á la superiora en tono de súplica, diciéndole:

-Por Dios, sor Juana, déjenos ver á nuestros pequeñuelos! ¡Somos inocentes!

-No puede ser, es imposible, respondió fríamente la hermana; no son Vds. casadas, son malas y es menester se vuelvan buenas...

Se nos trataba peor que á depravados criminales. Para nosotras no había cama, ni comunicación, ni enfermería, ni respeto, nada.

¡Cuánto sufrí moralmente durante los tres meses estuve en la cárcel! ¡ No puede concebirse! Mucho se ha hablado y con razón de los tormentos materiales, pero de los morales no hay nada escrito y sin embargo han causado muchas víctimas y han dejado profunda huella en muchos organismos.

¡Cuánto sufrí y cuánto sufrieron mis compañeras durante nuestro cautiverio!

Un día entró en calidad de presa una pobre vieja, más muerta que viva, y que lloraba amargamente.Nosotras las que estábamos detenidas como anarquistas fuimos a prestarle toda clase de consuelos, que bien los necesitaba. Calmada algún tanto, nos preguntó:

- ¿Por qué están Vds. presas?

- Por un crimen que no hemos cometido. Por una bomba que la policía debe saber quien la echó.

- ¡Qué! ¿son Vds. de las que suben á Montjuich ? ¡ Virgen santa! dijo con pena la anciana ¡ si supierais como les martirizan! Mi hija tiene relaciones con un militar que está en el castillo, y se halla ahora enfermo por haber presenciado los martirios que se hacen con unos hombres que están á disposición de la guardia civil.

El efecto que nos produjo el anterior relato no es para ser descrito. Aquella noche tuve una horrible pesadilla. Mis compañeras me despertaron y noté que alguna lloraba.

Después oí la voz de la anciana que nos había comunicado lo que ocurría en Montjuich y que decía: ¡Pobres muchachos! ¡ qué gritos daban de ¡asesinos! ¡soy inocente! ¡ no me atéis tan fuerte! ¡vosotros sois los autores!.Yo no me acordaba de nada, y noté que había llorado; el pecho me dolía, tenía fiebre.